miércoles, 2 de noviembre de 2011

Leer para escribir: Melville

Trabajo inspirado en "Bartleby the Scrivener: A Story of Wall Street" de Herman Melville
(una escena fuera del cuento que tiene al abogado como protagonista)

"No, no se me escapa ese detalle, Clotilde."
El abogado y su esposa Clotilde están sentados en el comedor de su departamento en el barrio de Gramercy de Manhattan. El abogado preside la mesa de caoba y su señora se sienta derechita a su lado sin apoyarse en el respaldo del asiento. Clotilde mira seriamente a su marido.
“Sólo quiero saber si lo has pensado bien. Llevas años en este despacho y no entiendo porqué debes irte apresuradamente, y a uno más pequeño que no mira hacia el norte.”
“Los despachos en Wall Street son todos iguales. No es una asunto de tanta importancia,” dice el abogado mientras toma una minúscula cucharita de plata y se sirve sal de un platito del tamaño de una moneda.
“Me gusta mucho este nuevo salero que nos ha regalado Juan Jacobo Astor.”
Clotilde mira mientras su esposo se esmera en servirse una medida prudente de sal en la cuharita de plata y la esparce parsimoniosamente en forma pareja por el muslo de pato.
“Se llama un ‘salt dish’. Lo usan mucho los ingleses.” Dice Clotilde un poco más sonriente ahora. “Y la cucharita es una delicia. Lo que sí no hay que servirse de prisa para no cometer excesos con la sal. Digamos que este regalo hace honor a tu primera virtud querido.”
El abogado deja su pato y la mira.
“¿No dice el Sr Astor que la prudencia es tu primera virtud?”
“Justamente” arranca el abogado con nuevos bríos. “Justamente es esa prudencia que me ha permitido no dar nunca el mal paso. He aconsejado a cada cliente lo justo pero sin salir de la línea. Lo mío no son las operaciones estrafalarias, ni los juicios grandilocuentes. Lo mio es lo seguro. He lidiado con sus hipotecas y sus títulos de crédito con la mayor cautela, cuidando las formas. He manejado asuntos delicados con el mayor tacto. “
El abogado levanta la copa de cristal y bebe un sorbo de un honesto cabernet.
“Lo sé querido. Y es por eso que no entiendo esta mudanza precipitada. Me parece que debe haber otra manera de lidiar con este…. Con este problema.”
“Lo he pensado mucho Clotilde. Normalmente cuando me encuentro en una disyuntiva, luego de una pausada reflexión, doy en la tecla. Analizo lo moral, desde ya quiero hacer lo correcto, y también pongo lo profesional en la balanza. Debo ser un empleador justo, un profesional cauto y un hombre de bien. Siempre hay una solución. Pero con este asunto de Bartleby… Bartleby ha sido un desafío para mí.”
“Le has hablado? Seguramente podrá entrar en razón.”
El abogado pone los cubiertos de plata con delicadeza sobre el plato. Levanta la servilleta blanca y se roza los labios.
Clotilde, Bartleby es una de esas personas de quienes nada es indagable. Solo me contesta ‘Preferiría no hacerlo.’”
“Esta loco”, dice la señora del abogado levantando la campanita de plata para llamar a la criada. “Vive como un vagabundo en tu oficina y no le dices nada. Y ahora te mudas y lo dejas ahí como si fuera él el amo y señor del bufete…”
“No lo conoces a Bartleby” dice el abogado cortando el argumento de su esposa. “Bartleby simplemente no esta dispesto a ..”
Clotilde lo calla repentinamente cuando entra la cocinera al comedor.
“Puedes retirar los platos Maisy. “
La criada levanta los platos uno por uno mientras el matrimonio espera en silencio. Luego pasa un cepillo para recoger las migas de la mesa. Finalmente retira el platito de sal con su cucharita minúscula. El abogado parece querer frenarla para poder seguir gozando del nuevo salero de plata.
“Maisy,” se anima finalmente el abogado, “quizas podría dejarnos el salero, ya que a veces la sal realza el sabor de lo dulce. “
“Ay por favor tesoro,” dice Clotilde. “Llévese el ‘salt dish’ Maisy. Ya sabes querido que no puede permanecer la sal en la mesa después del plato principal. Es simplemente un desliz imperdonable.”
Maisy se retira, con el cepillo barre migas, la palita y el salero en una bandeja.
“Cuestión que me parece un despropósito querido. Un desprósito. Tiene que haber una forma de sacar a Bartleby de tu oficina con elegancia, sin confrontaciones. “
“No lo entenderías Clotilde. El hombre simplemente no esta dispuesto a rendir explicaciones sobre su conducta. Y no voy a ser yo el que lo confronte. Es inútil igualmente. A veces creo que sólo hace lo que le place y no se conforma a lo que se espera de él en Wall Street, en la sociedad… Es de una entereza absoluta. “
“Hablas casi como si lo admiraras a este Bartleby.”
El abogado levanta su copa como en un pequeño tributo y bebe un sorbo más.
Luego de golpe estira el brazo para alcanzar la campanita de su señora. La toca y al aparecer la criada dice “Maisy, me traería el salero nuevo con el pudding de vainilla?”
Al retirarse la criada, la esposa dice “Estas loco?” Ante el silencio de su esposo, repite con voz más severa, “¿Has enloquecido?”
Al llegar su postre, el abogado levanta con exagerado cuidado la cucharita de sal y esparce apenas unos granos de sal sobre el pudding de vainilla.
“Mi madre solía hacer el pudding con una pizca de sal y decía que la sal era lo que realzaba el sabor de la vainilla. En esta casa el pudding es muy soso. Parece un guiso desabrido.”
La esposa lo mira sin disimular su irritación.
El abogado prueba su postre y decide que definitivamente le falta una pizca más de sal a su pudding.
"Esto es un despropósito,” exclama la señora. “Me harías el favor de dejar la sal… Deja ya de poner sal en el postre.”
El abogado prueba nuevamente el postre y vuelve a tomar la cucharita de sal entre sus dedos.
“Puedes dejar la sal?” vociferó la mujer.
Sin mirarla, el abogado contestó con respetuosa lentitud, “Preferiría no hacerlo” y siguió saboreando su postre.

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