Trabajo inspirado en “El Hombre” de Juan Rulfo
Tenía pensado no regresar. Salirse por la puerta que daba al cerro y esconderse en el matorral. Envolverse con su vestido gris en la noche y no volver nunca más.
"Me voy lejos,Estanislao; por eso vengo a darle el aviso." El mismo le abrió la puerta para salir.
Dios no le perdonará lo que hizo conmigo, pensaba ella. Lo pagará caro. Y vendrá detras de mi, rastrillando el monte hasta encontrarme y me pedira que regrese.
Casi puedo escucharlo unos pasos atras, cortando las ramas con su machete, Sus pasos firmes en la tierra. Viene diciendo cosas, ensayando las palabras que me dirá. Vuelve mujer. Ya déjate de historias. Pero no volveré.
No era la primera vez que ella amenazaba con irse. Cuando era más joven, le dijo que se metería en el convento de las Arrepentidas. Ella recordó la risa que largó como un trueno. Que yo no era para convento, me dijo. Que me gustaba demasiado el relajo y andar desfajando pantalones. Pero esta vez estaba decidida.
Yo no soy de las que lloran, pensaba ella. No como aquella, la chaparrita, que en la puerta de casa de Estanislao solía soltar el llanto; un chillido que parecía un aullido de coyote. Yo no lloro. Ni siquiera esa madrugada fria cuando lo tuve que tirar. Y no quise decirlo delante de la gente. Pero se lo dije a él, que lo tuve que tirar. Me lo saqué yo misma asi como a un pedazo de grasa de guarro. ¿Y para qué lo iba a querer yo, si su padre no era más que un faldero, un vaquerizo sin remildre? Eso le dije. Dios no le perdonará lo que hizo conmigo, pensaba ella.
Ya la noche había caído y la mujer seguía caminando más lentamente, con paso fatigoso. Cada tanto miraba hacia atras. Hacía silencio y escuchaba con atencion intentando distinguir los pasos de Estanislao entre los ruidos de la noche. Hasta que finalmente, esforzando los oidos, lo escuchó y en ese instante, sintió un ráfaga de calor en su cara. Ella conocía esos pasos, como apoyando todo el peso en los callos de sus talones, y haciendo temblar la tierra misma que pisaba.
El era un hombre robusto. De joven la hundía debajo de su cuerpo, llenaba su orfandad, la enterraba debajo suyo, la sofocaba hasta que no podia respirar, la ahogaba hasta que su cuerpo quedaba sin aire y hacía un espasmo. Ella nunca olvidó esas noches, y cuando alguna vez se las reclamó a Estanislao, él solo respondió que ella ahora estaba vieja. Y que a él le gustaban tiernitas; oír que se les quebraran los guesitos debajo suyo como si fueran cáscaras de maní.
Tengo que seguir caminando, pensaba ella. Cuando me alcance quiero que me encuentre andando con la cabeza en alto, haciendo mi camino. Me implorará pero no le dare el gusto enseguida. Tendrá que hablarme como antes. Tendrá que tomarme del brazo y llevarme a la fuerza. Quizas esta misma noche estaré en su catre. Antes de que la niebla se levante. Quizas estaré otra vez sin aire, sofocada debajo de su pecho.
Las nubes de la noche dormían sobre los arboles. Un vapor gris, sube de la tierra mojada y la marea a la mujer que queda envuelta en un humo apenas visible.
Ahora sí se esta acercando, pensaba ella. Hasta escucho sus palabras. Mujer! Dejate de historias. Muestrate. Ella esperaba quieta como una liebre, lista para ser decubierta, esperando ser devorada. Déjate de miedos. Ya sos vieja como para que nadie se ocupe de ti, ni te haga el favor. Ella comenzó a buscarlo caminando hacia atras sobre sus pasos.
"Estanislao estoy aqui", gritó finalmente en una voz finita, que ella misma no reconocía. Era la voz de una anciana.
El ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. No había más pasos que sacudían la tierra, ni palabras ensayadas por una voz ronca. De pronto ella imaginó la casita en el cerro con un hilo de humo saliendo de la chimenea y Estanislao en su catre esperando la luz del dia con la chaparrita dormida en el hueco de su cuerpo.
Ahora está por salir el sol sobre el rio y la niebla se levanta despacio. La mujer siente el calor del dia que amanece y se mete en el agua que se va enrollando alrededor suyo como una sábana, y la lleva lentamente rio abajo. Y la soledad le pesa y el cansancio la va hundiendo y cierra los ojos y se siente pequeña y joven y su cuerpo tiembla sin aire bajo el cielo de cenizas.
Allá lejos los cerros están todavía en sombras.