viernes, 7 de octubre de 2011

Leer para escribir : García Marquez

Trabajo inspirado en el cuento La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada

Durante todo el tiempo que los indios lo tuvieron cautivo, Ulises no logró ponerse de pie ni pronunciar palabra. Sólo balbueceaba “Arídnere, arídnere”. Los indios lo habían tomado de rehén para cobrarse la deuda que aún tenía la Abuela con ellos . La anciana murió debiéndoles casi un mes de servicios. Se repartieron entre ellos lo que quedaba en la carpa, y vendieron todo lo que pudieron. Al más joven, un indio náhua lamado Karakalí, le tocaron sólo los cofres con los huesos de los Amadises que nadie quiso.
Fue el unico que se animó a abrir los cofres ya que los demás indios temían la acecha del espíritu de Amadis el grande. Karakali sacó los huesos y los rompió en pedazos con una piedra. Los indios se alejaron de ese lugar para desentderse de ese sacrilegio. Luego Karakali se propuso venderlos a todos los que venían a preguntar por Erendira. Cientos de hombres de razas y conos diversos se amontonaban afuera de la carpa para saber qué había sido de la jóven. Karakalí les prometía la verdad sobre Eréndira y su paradero, por cincuenta pesos. - Cada día le agregaba más detalles al relato. La abuela de Erendira, contaba Karacali era una bruja de Tonja con poderes asombrosos que le había puesto un maleficio a la niña: para que Eréndira se quedara con ella y la cuidara, la bruja le advirtió que al morirse ella, Erendira se desintegraría y sus huesos se convertirían en polvo instantaneamente. Y así fue, continuaba Karakali frente a los Ojos estupefactos de catreros, soldados, tenderos, chicos y grandes, jovenes y viejos… Cuando el gringo mató a la bruja, continuaba Karakali (porque eso se sabía en todo el desierto), Eréndira intentó huir hacia el mar pero ahí nomás antes de llegar al río sus huesos se hicieron añicos. Lo ultimo que se la escuchó decir fue que ella pasaría la eternidad soplando por la tierra y que daría un aliento de vida a todos los que llevaban uno de sus huesos en el pecho. Y así en acto solemne, Karakali les entregaba un hueso de los Amadises con algun pelo que había quedado por ahi de las marañas de pelos de la abuela. Los hombres se iban embelesados con la memoria de Erendira, besando las reliquias de los huesos de los Amadises y colgandoselos con pelos enveneados de la bruja ballena Blanca.
Ulises encadenado en el cobertizo escuchaba estos relatos una y otra vez y en su estado febril, se le mezclaban con sus recuerdos de ese día en que vió huir a Erendira. Los indios tambien comenzaron a creer la historia.
Cuando vieron que nadie vendría a pagar el rescate de Ulises, los indios pensaron venderlo como esclavo pero en ese estado era inservible. Entonces lo tiraron la desierto para que muriera de sed y soledad.
Ulises abrió los Ojos y miró al cielo llamando con toda la fuerza de su voz interior:
– Arídnere
De pronto escuchó “Ulises”. Se levantó por primera vez desde el día en que mató solo a la Abuela. “Ulises” “Ulises” escuchaba y Caminaba sin parar. El viento se iba haciendo más árido a medida que avanzaban hacia el Norte, y el sol era más bravo con el viento, y costaba trabajo respirar por el calor y el polvo dentro de su boca. Se tiró en la arena como un ahogado, con los brazos en el pecho.
La India de Guajira había sacado el camion de naranjas al holandes y anduvo por el pueblo preguntando por su hijo. Cuando fue a la carpa se encontró con Karakalí que comenzó a relatarle el triste fin de Eréndira, e intentó venderle un hueso, pero ella lo paró en secó.
No vengo a preguntar por la mujer. Quiero saber donde está mi hijo Ulises.
Karakali se apiadó y le contó en qué parte del desierto lo habían dejado pero temía que fuera tarde.
Ella lo buscó en el desierto durante siete dias repitiendo Ulises, Ulises. Luego de pronto paró la camioneta, dio la vuelta y fue derecho hacia el mar. Los que se mueren en el desierto no van al cielo sino al mar, pensó la Guajireña. Cuando lo encontró estaba flotando con los brazos en el pecho .
Empezó a correr la noticia por el pueblo que el gringo que había matado a la bruja ballena Blanca, la que engualichó y esclavizó a la cándida Eréndira durante toda la vida, se estaba velando en su casa en el naranjal, y vinieron de muchos lados a despedirlo y rendirle homenaje. Allí en su catre muchos pusieron los huesos de Erendira que llevaban colgados en el pecho.
Eréndira le dará el soplo de vida - decía un tendero - por haberla salvado de la vieja bruja.
Al noveno día en la madrugada la Guajireña fue a la puerta.
Te hemos estado esperando.
Ella entró, se acostó al lado de él en el catre y le dijo :
– ¿Cómo es que te llamas?
– Ulises.
– Es nombre de gringo –dijo Eréndira.
– No, de navegante